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Que corra el aire

29 sept
4 min de lectura

Esta foto no estaba pensada para publicar


No había preparado nada. No estaba buscando una imagen para hablar de bienestar, de cambio ni de crecimiento personal. Ni siquiera estaba pensando en trabajo.

Abrí una ventana, me asomé, me reí y alguien hizo una foto.

Y ya está.

Quizá precisamente por eso me gusta tanto.

Cuando la vi después pensé en una expresión absolutamente cotidiana, de esas que llevamos escuchando toda la vida:

“Abre la ventana, que corra el aire.”

Y me hizo gracia pensar en lo fácil que nos resulta hacerlo con una habitación y lo muchísimo que nos cuesta hacerlo con determinadas partes de nuestra vida.

Cuando entramos en un sitio que lleva horas cerrado, lo percibimos enseguida. El ambiente está cargado. No hace falta analizar demasiado qué ha ocurrido ni buscar culpables.

Abrimos.

Dejamos que salga lo que sobra y que entre otra cosa.

Y seguimos.

Con nosotros no siempre somos tan prácticos.


Nos acostumbramos a casi todo

Hay situaciones que empiezan siendo incómodas y, después de un tiempo, simplemente pasan a formar parte del paisaje.

Un ritmo de trabajo que cada vez nos deja menos espacio.

Una preocupación que nos acompaña desde que nos levantamos.

Una conversación pendiente.

Una relación en la que hay cosas que evitamos mencionar.

Una agenda en la que siempre cabe una tarea más, aunque nosotros ya no quepamos.

Incluso determinadas formas de hablarnos. Nos acostumbramos a decir “tengo que”, “debería”, “ahora no puedo”, “ya descansaré”, “no es para tanto”.

Y como seguimos funcionando, entendemos que todo está bien. Pero funcionar y estar bien no siempre son exactamente lo mismo.

Lo curioso es que rara vez sucede de golpe.

Una habitación tampoco se carga de un segundo para otro.

Va ocurriendo poco a poco. Y quizá por eso cuesta tanto darse cuenta.


No se trata de cambiar de vida

Cuando hablamos de cambiar algo solemos imaginar decisiones enormes.

Dejar un trabajo. Terminar una relación. Mudarnos. Empezar de cero.

Dar un giro radical. Y claro, planteado así, cualquiera vuelve a cerrar la ventana.

Pero la mayoría de los cambios importantes que he visto en las personas que acompaño no han empezado con una revolución. Han empezado con algo mucho más pequeño.

Alguien que por primera vez dice que no.

Una persona que decide dejar de contestar correos a determinadas horas.

Una conversación que llevaba meses posponiéndose.

Pedir ayuda.

Volver a llamar a alguien.

Recuperar una actividad que se había abandonado.

Dejar un hueco libre en una agenda sin sentirse obligado a llenarlo.

Reconocer en voz alta: “Esto ya no me está haciendo bien”.

Puede parecer poco.

Pero a veces eso es exactamente abrir una ventana.


Hay momentos en los que necesitamos aire antes que respuesta

Tenemos cierta obsesión por resolver. Si algo nos preocupa queremos saber inmediatamente qué hacer. Si dudamos, buscamos una decisión.

Si sentimos malestar, queremos eliminarlo.

Y hay momentos en los que todavía no tenemos una respuesta.

Porque no sabemos qué queremos. Porque una parte de nosotros quiere una cosa y otra parte quiere exactamente la contraria.

En esos momentos quizá pedirnos una decisión inmediata sea añadir todavía más presión.

A veces conviene hacer algo anterior.

Crear un poco de espacio.

Hablar con alguien sin necesidad de llegar a una conclusión.

Salir a caminar.

Dormir antes de contestar.

Pasar unas horas sin darle vueltas conscientemente al mismo asunto.

Cambiar de escenario.

Escucharnos sin intentar corregir inmediatamente lo que sentimos.

No para escapar.

Precisamente para poder regresar después con algo más de claridad.

Ventilar también puede incomodar

Hay una parte de la expresión “que corra el aire” que me gusta especialmente.

Cuando abrimos una ventana, dejamos de controlar completamente el ambiente.

Puede entrar frío.

Moverse una cortina.

Caerse algún papel.

Escucharse ruido de la calle.

El aire mueve cosas.

Y en nuestra vida ocurre algo parecido.

Cuando cambiamos una dinámica, aunque sea pequeña, también se mueve lo que había alrededor.

Poner un límite puede incomodar a alguien.

Decir lo que pensamos puede abrir una conversación que preferíamos evitar.

Reconocer que estamos cansados puede obligarnos a revisar cómo estamos organizando nuestra vida.

Pedir ayuda significa aceptar que quizá no podemos con todo.

Por eso muchas veces permanecemos en situaciones conocidas aunque ya no nos resulten cómodas.

Porque lo conocido, incluso cuando pesa, tiene algo aparentemente tranquilizador: sabemos cómo funciona.

Abrir una ventana introduce incertidumbre.

Pero también permite respirar.


Y no siempre sabemos qué tiene que salir

Cuando trabajamos en nosotros mismos existe otra tentación: querer entenderlo todo.

¿Por qué me pasa esto?

¿De dónde viene?

¿Cuándo empezó?

¿Qué tengo que aprender?

Hay preguntas que ayudan muchísimo.

Pero tampoco necesitamos convertir cada emoción en una investigación.

Algunas cosas necesitan comprensión.

Otras necesitan tiempo.

Y algunas simplemente necesitan dejar de ocupar tanto espacio.

Podemos reconocer que una situación nos pesa sin tener todavía una explicación perfecta.

Podemos cambiar una costumbre antes de comprender por qué hemos tardado tanto en cambiarla.

Podemos alejarnos un poco de algo para comprobar qué sentimos cuando dejamos de tenerlo tan cerca.

También eso forma parte del autoconocimiento.

No consiste únicamente en saber explicarnos.

Consiste en aprender a escucharnos.


Una pregunta mucho más sencilla

En coaching utilizamos preguntas constantemente.

Algunas remueven.

Otras sorprenden.

Y otras funcionan precisamente porque son muy sencillas.

Quizá ante una situación que lleva demasiado tiempo acompañándote puedas probar con esta:


¿Qué necesitaría mover un poco para respirar mejor aquí?

No: “¿Cómo arreglo mi vida?”

No: “¿Cuál es la decisión correcta?”

Ni siquiera: “¿Qué debería hacer?”

Solo:

¿Qué podría mover un poco?

A veces la respuesta será descansar.

O hablar.

O esperar.

O pedir ayuda.

O dejar de estar disponible para todo el mundo durante unas horas.

Puede que sea recuperar algo.

Puede que sea soltarlo.

Y puede que todavía no lo sepas.

También está bien.


La foto sigue sin estar pensada para publicar

Y creo que quiero que siga siendo así.

No quiero convertirla en la imagen perfecta de una gran enseñanza.

Era simplemente un momento agradable.

Una ventana abierta.

Una risa.

Pero quizá precisamente esas situaciones aparentemente insignificantes son las que, de vez en cuando, nos recuerdan cosas que ya sabíamos y habíamos dejado de escuchar.


Que no hace falta esperar a estar completamente saturados para cambiar una dinámica.

Y que de vez en cuando, literalmente o no, viene muy bien abrir una ventana.

Que corra el aire.

Y después vemos.

 
 
 

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