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Emociones: o las gestionas tú… o ellas te gestionan a ti

La mayoría de nosotros crecemos sin que nadie nos enseñe a regular lo que sentimos. Y aun así, cada día tratamos de trabajar, criar, concentrarnos y tomar buenas decisiones… mientras, por dentro, la mente parece correr en una dirección distinta.


Ese “caos interno” no es raro: es humano.


Pero hay un dato clave que solemos olvidar: el cerebro aprende mejor cuando hay emoción.


La misma emoción que a veces nos bloquea es también la que, cuando la comprendemos y la dirigimos, puede ayudarnos a crear, recordar y pensar mejor. A eso lo llamamos autorregulación emocional: no se trata de apagar lo que sentimos, sino de utilizarlo a nuestro favor.


¿Qué ocurre cuando aprendemos a autorregularnos?


Más foco y claridad mental. Menos ruido interno, más capacidad para priorizar y avanzar.

Mejores relaciones. Los picos emocionales disminuyen y aumenta la capacidad de dialogar.

Bienestar real. No hablamos de “estar zen”, sino de recuperar una sensación de paz con uno mismo.

Comunicación más efectiva. Expresar necesidades sin explotar ni bloquearse.

Mayor autonomía. Tomar decisiones desde la calma, no desde el impulso.


¿Y qué pasa con nuestros hij@s?


Acompañarlos en este proceso es un auténtico regalo. Uno que muchas generaciones no recibimos, pero que hoy sí podemos ofrecer: lenguaje emocional, herramientas sencillas y un modelo diferente para gestionar lo que sienten.


Darles ese marco no solo les ayuda a ellos: también transforma la manera en la que nosotros mismos aprendemos a regularnos.


Si no sabes por dónde empezar…


Si estás en ese punto de “quiero hacerlo mejor, pero no sé cómo”, quizá este sea el momento de escuchar una idea distinta.


A veces, lo que necesitamos no es más esfuerzo, sino una perspectiva diferente para que todo empiece a colocarse.

 
 
 

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