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¿Cuántos "Y si..." estás acumulando en tu vida?

Con motivo del Día de San Valentín solemos hablar del amor hacia los demás. Sin embargo, esta fecha también puede invitarnos a reflexionar sobre un amor igualmente necesario y, en ocasiones, olvidado: el amor hacia uno mismo.


En la película Cartas a Julieta aparece una carta que comienza con dos palabras sencillas: «Querida yo».


A partir de ahí surge una reflexión sobre una pregunta aparentemente inofensiva: «¿Y si…?». Dos palabras que, cuando se unen, pueden acompañarnos durante años y convertirse en un mantra silencioso:

¿Y si lo hubiera intentado?¿Y si hubiera tomado aquella decisión?¿Y si me hubiera atrevido a dar el paso?


Vivir sin quedarse atrapado en el «y si…»


Siempre he intentado guiarme por una filosofía clara: prefiero arrepentirme de aquello que he hecho que de lo que no me atreví a hacer.


Esto no significa actuar sin pensar ni ignorar las posibles consecuencias. Significa aceptar que cada paso, incluso aquel que nos duele, aporta experiencia. Cada decisión, también la incierta, deja un aprendizaje. Y cada herida, con el tiempo, puede transformarse en fortaleza y pasar a formar parte de quienes somos.


Lo difícil no es tener tiempo, sino dar el paso


Seguir al corazón no siempre resulta sencillo. A veces nos falta valor; otras, confianza. Podemos esperar a que llegue el momento perfecto, a sentirnos completamente preparados o a tener la certeza de que todo saldrá bien.


Pero ese momento perfecto rara vez existe.


En muchas ocasiones, lo que realmente falta no es tiempo, sino la decisión de avanzar. Dar el primer paso supone aceptar la incertidumbre, confiar en nosotros mismos y entender que no podemos controlar todos los resultados.


¿Cómo quieres vivir tu vida?


La pregunta es sencilla, aunque la respuesta pueda requerir una reflexión profunda:

¿Quieres vivir acumulando «y si…» o acumulando experiencias, decisiones y aprendizajes?


Elegirnos también es una forma de amor propio. Significa escucharnos, permitirnos probar, equivocarnos, aprender y volver a empezar. Porque una vida plenamente vivida no es aquella en la que nunca nos equivocamos, sino aquella en la que no dejamos que el miedo decida siempre por nosotros.


La respuesta, como casi siempre, depende de ti.

 
 
 

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