Capítulo 2 . ¿Qué hacemos con las emociones que no nos gustan?
- Isabel León

- 30 abr
- 2 min de lectura
La tristeza, la ira o el miedo forman parte de nuestra vida. Sin embargo, cuando aparecen, solemos intentar que desaparezcan cuanto antes. La pregunta es: ¿actuamos igual cuando las sentimos nosotros que cuando las sienten los demás? ¿Y qué sucede cuando quien las experimenta es uno de nuestros hijos?
En mi caso, plantearme estas preguntas supuso un gran descubrimiento y también un necesario golpe de realidad.
Cuando el miedo de un hijo también nos desborda
Durante una consulta, conté a la pediatra lo preocupada que estaba por mi hijo de diez años. El miedo parecía haberse apoderado de él: no quería quedarse solo en una habitación y, por las noches, se asustaba con los ruidos, las luces o la oscuridad.
Yo intentaba tranquilizarlo diciéndole que no pasaba nada, que aquellos ruidos no tenían importancia y que ya debía aprender a estar solo. Incluso llegué a salir de la habitación para forzar la situación.
La pediatra me hizo entonces una pregunta:
—¿Crees que el miedo desaparece cuando le dices todo eso?
La respuesta era evidente. No solo no desaparecía, sino que aumentaba. Y mi desesperación también.
Después llegó la pregunta que lo cambió todo:
—¿Qué quieres que desaparezca: el miedo de tu hijo o tu propio malestar al verlo así?
Las emociones necesitan ser acompañadas
Comprendí que mi reacción no estaba ayudándolo a gestionar su miedo. En realidad, yo necesitaba que dejara de sentirlo porque no sabía cómo sostener aquella situación.
Las emociones no son buenas ni malas. Algunas nos resultan agradables y otras nos incomodan, pero ninguna desaparece simplemente porque se lo pidamos. Negarlas, minimizarlas o apresurarnos a eliminarlas puede hacer que se intensifiquen.
Acompañar significa permanecer cerca, escuchar de verdad, hablar con calma, ofrecer una caricia y reconocer lo que el otro está sintiendo. También implica aprender a regular nuestro propio malestar para no añadirlo al suyo.
Cuando el miedo empieza a hacerse pequeño
Cuando cambié mi forma de acompañarlo, mi hijo comenzó poco a poco a quedarse solo en una habitación mientras yo estaba en otra. Por las noches buscaba mi mano, encontraba en ella la seguridad que necesitaba y después conseguía dormirse.
Su miedo no desapareció de inmediato, pero fue haciéndose cada vez más pequeño.
Aquella experiencia me enseñó algo esencial: ser adulto no significa tener todas las respuestas, sino aprender a sostener las emociones de nuestros hijos sin que las nuestras nos desborden.




Comentarios